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miércoles, 22 de diciembre de 2010

Saña

Inexplicablemente “algo” desgarró mi pecho, como una garra furiosa atravesando mi piel, no alcancé a formular nada, un golpe limpio que dejó mi cuerpo a carne viva, expuesta al ardor de la realidad, degusté el sabor a sangre, sin horror, fue la panacea más dulce que me regaló el destino el inicio del odio más profundo que provocó tu insidia.
Mi grito silencioso de guerra.
Y mientras yacía en el suelo, la cobardía me invitó a crear estrategias mis puños se prepararon para golpear tu rostro de adonis, observé tu espalda y te imagine llenó de mis dagas envenenadas, rebosando asombro al atragantarte con las palabras que nunca nos dijimos pero que siempre estuvieron presente.
Clavar mis uñas en tu pecho para que sientas una agonía símil,
Estaba conciente que todas mis ideas yacían desnudas en el brilló colérico de mis ojos pero no importaba no te ibas a voltear, me habías subestimado, creías haber ganado, no te extrañó mi respiración muda, te habías quedado con la visión de mi cuerpo derrotado, de mi cabello rojo por mi sangre pegado a mi frente y mi mueca vencida.
Con satisfacción supe que aún existía la pequeña esperanza de ganar.
Tu confianza: tu perdición.

Esta vez yo no sería la que caería, la venganza en mi razón no lo permitiría, el juego continuaba, todavía nos deseábamos, y de mí ya no emanaba nada más.

lunes, 6 de diciembre de 2010

Ulterior

Fue demasiado tarde cuando me enteré de que ya no poseía el tiempo para poder despedirme de mi propia vida.
Mi sonrisa se quebró y cayó al suelo, provocó un sonido que estremeció el lugar, me ahogué con el llanto y cuánto más me quería aferrar a la placida existencia que había tenido el gusto de disfrutar, me la arrebataban con más fuerza, mis manos cayeron a un lado como piezas de un fantoche roídas por los años.
Mi pecho se oprimió obligándome a no respirar, pero aunque me ardía la piel como si estuviese en el interior del infierno, grité, grité tan fuerte que mis tímpanos zumbaron adoloridos y mi alma cayó rendida a mis pies.
Las lágrimas manchaban mis labios con sal.
En algún momento perdí el discernimiento y no pude identificar el mismo lugar en el que muchas veces me había sentido segura, el sitio que conocía tan bien y me conocía tan bien.
Cuando la lucidez retornó y me ayudó a recuperar mi postura, ya nada era igual, todo el significado que hasta el momento conocía y manejaba con destreza, se había apagado.
Y ahora una diáfana luz comenzó a atizar.
El terror congelo mi mueca, y el pensamiento de que la soledad vendría a hacerme compañía me atravesó, pero esta no llegó nunca.
Traté de calmarme y miré al futuro con desconfianza, me había llegado la funesta hora de comenzar de nuevo pero sin poder jactarme de ser inexperta en el juego, las segundas oportunidades ya me habían abandonado y ahora tenía que fingir ser audaz; de ese día mis decisiones pesarían en mi futuro y cobrarían sangre.