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domingo, 22 de noviembre de 2009

Afinidad

El silenció fue roto de repente.
Los músicos comenzaron dar vida a sus instrumentos, cediéndoles por unos momentos su humanidad.
Los oídos de las personas en ese lugar se rindieron ante el sonido atrayente, de un tango.
Ante nosotros, las siluetas se dibujaban en la penumbra: danzando en coordinación a sus instintos.
Eran dos cuerpos unidos en una confidencialidad exquisita.
La expresión de sus miradas, las caricias, todo desbordaba pasión.
Sus portes arrogantes y sus sonrisitas coquetas.
Era un ambiente lleno de un misticismo único.
¡Hasta el más ligero titubeo parecía una obra de arte!
Con los ojos cerrados la mujer disfrutó la íntima caricia a su cintura que le ofreció su compañero: jadeó en su cuello.
El ambienté se lleno de frenesí, todos los espectadores nos hicimos participes en ese acto, sentíamos cada paso, cada caricia llena de fuego, nos convertimos en el alma en sus miradas.
Ambos parecían unos dioses jugando a pecar como humanos.

Hasta el sudor perlando su cuerpo era majestuoso.
Entre la envidia y admiración que despertaban sus cuerpos en movimientos, llegó el ansiado clímax, la velocidad que tomo la música, aceleró el corazón de todos.
El tiempo pasaba dolorosamente rápido, más de alguno deseó que ese momento fuese eterno.
El acordeón gritó su ultimo acordé.
Y las dos personas que parecían dos amantes, demostrando todo en un baile sin palabras propias.
Acabaron.
Terminando en un abrazó que dejaba la ilusión de sus labios rozándose.

Mientras el escenario se oscurecía.
Me pregunté si todo lo que expresaban, lo sentían de verdad.
Ese ambiente único, ¿sería sólo el resultado de una fantasía colectiva?